CONMIGO

Estoy conmigo, me necesito. Gritaría a los cuatro vientos que viniesen a acompañarme tantas personas como me quieren, que me dieran un abrazo tal que me devolviese urgentemente a la felicidad. Querría pedir ayuda a diestro y siniestro. Sin embargo no voy a hacerlo. Voy a estar conmigo, me necesito.

Desearía escapar al fin del mundo huyendo de mi experiencia, huyendo de mi angustia, y no voy a hacerlo. Voy a quedarme conmigo, lo repito: me necesito

Podría decirme que no soy buena compañía para mí misma y desconectar de mi vivencia, pero decido acompañarme y permanecer conmigo ante el peligro que internamente me acecha, porque mis pensamientos, emociones y sensaciones son tan desagradables y dolorosos que me resultan muy difíciles de sostener, muy difíciles de tolerar, muy difíciles de manejar.

El peligro del desamor, el riesgo de la ausencia de autocompasión y aceptación siempre me rondan fantasmagóricos cuando llega la depresión, porque ésta me avergüenza, me separa, me aísla. Hoy respiro hondo y clamo bien alto que no soy distinta a nadie que convive a temporadas con este sufrimiento, no soy diferente a nadie que sea vulnerable y frágil en su salud mental. No soy alguien erróneo como tantas veces he creído, sólo estoy «malita» y por eso he de cuidarme, tratarme con amor y con ternura.

Un alivio sería si todos pudiéramos ser veraces respecto a quienes somos realmente, sin pedir disculpas, si fuéramos sinceros acerca del inmenso desconcierto que supone ser humano, si lográramos expresar sin complejos lo abrumadora que puede llegar a sentirse la experiencia humana, porque todas las personas sufrimos, en diferentes momentos de la vida, crisis y profundas turbaciones.

Esta mañana reclamo de nuevo mi completa y entera dignidad; me digo palabras dulces y así, poco a poco, me calmo: que soy perfecta como soy, que no estoy sola porque puedo acompañarme, que sigo en el empeño de amar mi debilidad, que me acaricio allí precisamente donde más duele, en el corazón. Hoy me recuerdo otra vez que estoy a salvo, que mi capacidad para el amor y la alegría permanecen intactas, que la Vida con mayúsculas me bendice y me ampara.

LLEGARÁ EL AMOR

El viento desapacible de esta incipiente primavera me vapulea y, al igual que sacude los grandes pinos de mi pueblo, agita exactamente mis entrañas. Una mañana más me siento inquieta, me confieso asustada escrutando las causas del sufrimiento humano.

Esta vez no es mi cerebro quien me dicta y conduce mis manos al teclado, son las bombas, los misiles de todas las guerras presentes y olvidadas, los gritos de los vulnerables y las injusticias manifiestas. Me sobrecoge el llanto de tanta criatura subyugada por intereses geoestratégicos y tácticas económicas. ¡Que desazón no ver la salida a tanta negrura!

Me veo pisando las lindes de un tan vasto malestar, que no puedo arrancármelo a base de palabras.  Son oscuras y universales sus raíces, me sobrepasan. Andan entretejiendo la tierra profundamente, de sur a norte, de este a oeste, desde hace miles y miles de años.

Me abruma el miedo a no encontrar un yo colectivo que nos ampare a todos. Me asusta morirme en mi estrecho ego, sin un corazón global, amplio y acogedor donde latir en esta vida, donde gritar el amor a todas caras, a todos vientos, definitivamente y para siempre.

¿Cómo sentir el dolor en propias carnes sin añadir más sufrimiento a este mundo? La compasión es activa, no es compasión si no alivia y bien poco es lo que puedo hacer en medio de tantas batallas, en medio de tantos males, en medio de tantos conflictos: Quizá iluminar mi propia sombra, donde residen mis armas y mis trincheras; donde abato al enemigo que acecha mi paz interna y confortable, al enemigo que alza una voz disonante con la mía. Abrazar la oscuridad que cada día transito, quiera o no quiera, sabiéndome tan limitada como la humanidad en la que me encarno.

Quiero creer que en medio de tanto daño el ser humano no es el enemigo, que somos buenos, sólo hemos perdido el centro y, radicalmente separados de nuestra esencia amorosa, andamos perdidos, andamos errantes, buscando de nuevo el origen.

Y que llegara el amor algún día en algún futuro, porque todavía nos queda el mañana. Y como un sol de verano insolará nuestras cabezas, derretirá nuestros corazones y hará la revolución soñada en nosotros y en todos los seres. Es éste el anhelo que tanto necesitamos. Y recordaremos la calma que verdaderamente somos.

SOLO AMAR

Cierro los ojos. En verdad no sería necesario, porque el día ya es oscuro, se ha echado la noche encima, y escribo con el único resplandor de una lámpara pequeña. Aun así me concedo unos minutos de observación íntima, no para ausentarme de la realidad, sí para ver internamente más claro. Dicen que la salida es hacia adentro. Muchas veces he encontrado luz en mi propia oscuridad y necesito ahondar de nuevo en ella ahora que es de noche.

No es agradable mi experiencia sensorial y no son amigas las sensaciones físicas que me acompañan. Dolor de principio a fin. Difíciles de digerir los pensamientos que mi mente me ofrece y dolorosa mi vivencia emocional. Mis impulsos una y otra vez me llevan donde yo misma no quiero ir.

A veces bastan unos pocos días para tocar fondo de nuevo. Cómo puede ser, me pregunto. Algo se convierte al parecer en un leve detonante y arrastra en racimo un estado de sufrimiento que me conecta de nuevo con lo que nunca quiero volver a encontrarme. Y en cuanto contacto con lo que considero enfermo, con mi particular locura y sus voces, la angustia se cierne sobre mi universo.

¡Si pudiera detener mi mente, cambiar la perspectiva, orientarme hacia un lugar de paz…! Ese es ahora mi único esfuerzo.

Fácil amar lo bello, lo limpio, lo claro, y lo agradable. Lo difícil es permanecer fiel a mí misma y estar de mi parte cuando lo feo y lo distorsionado vuelve, cuando los espectros se proyectan en el espacio de mi alma. Permanecer ecuánime sin resistencia, sin aversión, sin lucha, con amable aceptación, ¿algún día sabré hacerlo?

Sé que la tarea es para siempre, que el camino no es en línea recta, que tiene forma de dientes de sierra y que, cuando toca retroceder, el corazón se encoge, el pecho duele mucho, el miedo asusta. Lo sé de sobras y aun así me desanimo.

Soy cansina y por eso me oculto; no digo la verdad y engaño a quien me pregunta. Siempre las mismas palabras, siempre las mismas luchas y mi ego dando vueltas retorcido sobre sí mismo. Me repito y me repito sin cesar.

Apelo a mi propio coraje ahora que me asaltan otra vez las dudas acerca de mi misma y de mi valía intrínseca; ahora que me siento inadecuada por mis sentires y mi desaliento recurrente; apelo a mi propio coraje para seguir adelante, pero por encima de todo en esta noche apelo a mi capacidad de amar.

Amar mi mente sufriente, amar la estructura de mi personalidad, amar la enfermedad, tener compasión por este padecimiento que siento, amar la oscuridad tenebrosa de la depresión, sabiendo que siempre va a acompañarme pero que siempre va a escampar; sabiendo que mi identidad y mi esencia están limpias e inmaculadas, sabiendo que puedo vivir con ello, sabiendo que los demás me quieren, aunque me cueste sentirlo. Será ese el camino…el eterno camino de mi vida.

LA GRIETA

La imperfección está llena de verdades. Mita Beutel.

Creo que la historia comenzó cuando nací. Intuyo que siempre quise ser perfecta aunque no fuese un deseo consciente. Estaría seguramente en mis genes, en la leche que ansiosa mamé y en el aire que respiré en mi casa. Lo cierto es que desde muy pequeña me esforcé por sobresalir. No me conformaba con hacer bien las cosas, quería siempre brillar; en mi numerosa familia, compitiendo para ser amada, aceptada y reconocida; en el colegio, para ser vista y valorada; en el trabajo para destacar y sentirme orgullosa de mí misma. El perfeccionismo me parecía en ocasiones una virtud, pero la mayoría de las veces se convertía en una carga pesadísima que no podía llevar a cuestas. No sabía, sin embargo, desprenderme de este tirano que me subyugaba, me oprimía y ante el que no podía de ninguna de las maneras sentirme libre. La creencia de que era mejor siempre superarse, siempre llegar a más y más lejos, no me permitía disfrutar de lo real. La angustia y la ansiedad me acompañaban constantemente por una psique defectuosa, por un cuerpo incorrecto, por comportamientos inadecuados, por cada fracaso, por cada pérdida, por cada imperfección. Definitivamente me hice trizas cuando reconocí que la depresión se convertía en compañera inseparable.

Terrible deseo el de la perfección. Quizá la fuente de donde han nacido a borbotones los mayores sufrimientos, los mayores desasosiegos y el mayor estrés. Una meta inalcanzable, un itinerario interminable, de imposible resolución. Nunca lo logré, no he podido ser perfecta y nunca lo podré ser, ahora doy gracias por ello. Solo pensar en dicha presunción genera risa y sin embargo, me temo, es una pretensión que he compartido con demasiadas personas a las que el perfeccionismo maniata.

Perseguir lo que es inalcanzable consiguió hacerme muy dura y terriblemente exigente conmigo misma. Sin duda también con los demás. Pero nunca es demasiado tarde para descubrir el tesoro que se esconde en la imperfección y yo lo voy descubriendo: la autocompasión, el reposo y la paz interior, la flexibilidad, la amabilidad, la humildad, la comprensión.

Ahora quiero anclarme en otra verdad y ésta ha nacido de la conciencia de mi propia fragilidad… Hay una grieta en todo, y es por ahí por donde entra la luz (L. Cohen) Soy la que soy y soy suficiente aún con lo que no puedo y nunca podré. La única discapacidad es la que nace de la incapacidad de amar y yo amo. Porque vivir sólo es eso: entregarse al amor y tocar el corazón de todo lo que existe. Vivir es llegar a ser profundamente humano y esto está lleno de contradicciones y heridas. Basta con ser quien soy y aportar eso a la humanidad, no se espera nada más de mí. No tengo que brillar.

Estoy conmigo, con tranquilidad y sin pretensiones imposibles, acogiendo mi inherente debilidad con una sonrisa dulce, empezando cada momento a transitar la senda de ser profundamente humana, nada más.

CALMA

Para casi nada hay prisa, aunque lo hayamos olvidado. La cadencia de la vida es lenta y la naturaleza en cada ciclo nos lo enseña. Somos los seres humanos los que imponemos un ritmo frenético a la existencia. Intuyo que a quienes caminamos más despacio, rezagados en la carrera, nos invade el dolor como si no pudiéramos alcanzar la meta, como si la voluntad puesta no fuera suficiente, como si una discapacidad nos hiciera sentir menores.

Las prisas me sacan de mí misma y me arrebatan de mi centro. Los esfuerzos superiores a mis posibilidades me quiebran, porque emerge un desasosiego interno que pone en riesgo mi bienestar. Ya sé que no vale la pena. Desde el estrés poco puedo conectar con mi propio corazón. Con prisas y ruido, ¿cómo cuidarme?, ¿cómo voy a suavizar el nudo que tantas veces se enreda en mi estómago?, ¿cómo inclinarme tranquila a lo que necesita ser mirado?, ¿cómo calmar los llantos que sobrevienen cuando mi sensibilidad se desborda?, ¿cómo atender mis emociones?, ¿y cómo tratar amorosamente el duelo que transito? Comprendida o incomprendida, voy permitiéndome renunciar a la urgencia atropellada como estilo de vida. Necesito parar, vivir a un ritmo de respiración apaciguada, trabajar menos, conseguir menos logros, serpentear lentamente los senderos complicados por los que transcurro.

Y es que cada vez van más despacio mi mente y mi cuerpo. Será la edad y también será la consciencia de que para sanarme y lamer mis heridas, como gata mansa, necesito calma.

Calma. Calma. Ralentizar los tiempos, vivir al compás de mis necesidades hondamente sentidas, sin ignorarlas. Poco que hacer, muy poco y lo que hago, hacerlo bien despacio.

Me estoy regalando horas para escuchar el silencio y fluir con lo que pasa; me acompaño de música que cura mi espíritu; pierdo tiempo observando los pajarillos multicolores que acuden a mi patio, mirando al cielo, saliendo pronto para no llegar tarde; ese es ahora mi ritmo, el que necesito para vivir mis dichas y mis desdichas, para comprender mis procesos y dar mucha ternura y mimo a la niña que me habita.

Ahora y siempre doy gracias por quien puede darlo todo, en un frenético vivirse y desvivirse. Imprescindibles héroes y heroínas que urgen la historia y su destino, a quienes profundamente admiro, bien lo saben. Y a la vez declaro, no sin dolor y extrañeza, que esa vida no es mi vida, aunque en otros momentos lo haya sido. Esa vida no me hace bien ni yo puedo vivirla, porque me secuestra la paz que tanto busco.

Nunca como ahora había saboreado el lento curso de la vida en el pueblo, las horas pasar remisamente. Elijo la ligereza, la pausa, la suave paz y el silencio. Me levanto con el amanecer y me acuesto pronto. Estar a mi favor calma mi ser en cuerpo y alma.

Que la vida se haga cargo de todo. A fin de cuentas, ¿quién a fuerza de preocupación podrá añadir un solo instante al tiempo de su existencia?

UNA VEZ MÁS

Sólo habito mi cuerpo. Nunca podré descifrar a qué sabe realmente la vida en los cuerpos de los otros; cómo se siente el fluir de la sangre por otras venas cuando ésta llega a parecer que duele y cómo la química del sufrimiento a cada quien le afecta. Siempre me he hecho estas preguntas. A qué sabe la pesadumbre y la pena, si a lo mismo que las mías o si otros las apreciarán distinto. Me parece que siento único y diferente. Quizá es soberbia, quizá autodesprecio. Me cuesta creer que esto que me pasa, esta bioquímica alterada en la que no me hallo, esta depresión recurrente y cansina, esta dificultad para quererme, esta vergüenza tóxica que aparece en cuanto me caigo, este deseo de esconderme que de nuevo me secuestra, tanta desgana, la puedan sentir así, tan penetrante, más seres.

Doloroso golpe de la vida, el duelo vuelve a ponerme a prueba. Y constato que nunca quiero bajarme del pedestal de eso que llaman zona de confort.  Siempre opongo resistencia a abandonar lo que para mí es la cotidiana felicidad: esa alegría y paz interior simples de las que sé disfrutar y que llegan a impregnar todas las cosas menudas del día a día a pesar de las corrientes adversidades. Inútilmente lucho con la realidad cuando se esfuman por ley natural; me enfrento rotundamente a lo que ES y ésta es una batalla que nadie gana.

Me aterra sufrir y me resisto a ello. El miedo me estruja el pecho, me deja en apnea y me ahogo. Creo que vuelvo siempre al punto de origen, que no avanzo. Mi inteligencia me sirve en bandeja palabras y frases hechas, discursos de sobra aprendidos, de sobra sabidos, que no pueden con el tropel de insensateces, angustias y devaneos con las que mi mente me piensa contra mi propia voluntad.

Qué puedo hacer, me pregunto. Cómo devolverme una mirada cálida cuando estoy sufriendo, cómo envolverme con ternura y darme consuelo. En respuesta, como sol calentito de la mañana, intuyo destellos que suavizan mis pesares: Prestar atención sin asustarme, pues ya conozco mi mente. Respirar con cuidado y detenimiento para deshacer la apnea e ir deslizándome en mi propio silencio. Darme tiempo sin poner límites ni condiciones. Mirar el otoño desprendiéndose generoso y otear así mi horizonte emocional, con un amor infinito. Encontrarme en mi soledad interna pues yo no me he marchado. Permitirme sentir lo que mi cuerpo siente, permitirme sentir todo lo que siento. Saberme confiadamente unida a tantos seres que viven el sufrimiento como yo y experimentar que no estoy sola. Hacerme verdad y seguir mi camino.

Montañas y desiertos, angostos valles. Mi escasa fuerza hace la travesía más lenta, más cruda. Pero podré hacerlo. Es duro trabajo, durísimo para mí, pero puedo llevarme, siempre lo he hecho. Dentro de mí hay un lugar de paz, ahora recóndito, mas puedo encontrarlo. Será mi asidero.

Y cuando se atenúe la arista más afilada del dolor, seré quizá un poco más sabia y compasiva conmigo y con todas las personas, porque una vez más habré salido adelante.

ESTARÉ BIEN

A su lado. No me separaría de su lado por ver si aún puedo calmar mi sed de ella antes de que llegue la muerte; no me alejaría para no perderme ni un minuto de su sabiduría perenne, para embriagarme en su bondad y entrega última. Poco tiempo nos queda para juntar nuestras manos y sostengo la suya sin fuerzas encima de la mía, en su cama blanca de hospital. Cada día es ahora un instante eterno. Todo el misterio, todo el dolor y todo el amor de la despedida en cada segundo.

Temía no poder por derecho acompañarla en su final y se me ha regalado tiempo para besarla y llenarla de caricias; para últimas palabras respondidas con bellísimos monosílabos que saben a gloria. El cuidado es así de dulce. Le digo las cosas más hermosas que salen de mi alma, le calmo la fiebre con una gasa humedecida, peino su pelo con mis dedos, hidrato con cacao las pieles de sus labios, que las sábanas no le raspen, que ninguna arruga le incomode, que nada le moleste. La ternura y la gratitud infinita a su servicio. Ella lo ha dado todo. Que levante la mano quien en su roce con Ana no haya bebido de frescos manantiales y se haya alimentado con exquisitos majares. Mujer sabia, mujer para los demás, mujer siempre presente en la vida de quien sufre.

No puede expresar ya nada; su mirada perdida y errática en el vacío sólo desvela el inconmensurable misterio que es la mente, su rostro desencajado y su cuerpo maltrecho apelan a la compasión más profunda. No hay impostación, todo es frágil y a pesar de ello, una belleza radical se alza en el espacio. Algo me dice que quizá no sufre, que al fin está en paz dentro del intenso trance.

Me pregunto si quizá ha necesitado morirse para dejarse querer por todos tanto como necesitaba y no siempre se permitía, para encontrar el sentido que tanto ha anhelado y perseguido en su existencia. Confío en que tanto amor como le rodea le ayude a hacer un tránsito sereno y y ya para siempre gozoso

Trajiste esperanza y me devolví a la vida cuando todo estaba perdido. Aprendí a amarme junto a ti, a llenar mis abismos. Renací contigo y poco a poco me fui creciendo. Creí que eras tú con tu cariño quien me salvaba, pero me enseñaste que una sóla a sí misma se salva.

Estaré bien. Voy a cuidarme como tú siempre lo has hecho. Por mi parte puedes marchar tranquila. Estaré al mando y caminaré erguida y digna. Va a ser difícil sin tí, pero prometo levantarme siempre y nunca abandonarme en los márgenes del camino.

Vete en paz, Ana. Me quedo conmigo

SOSTENERME SOLA

Ahora ya sé con absoluta certeza que la vida no es fácil para nadie porque el dolor es inherente a la existencia humana. Hasta hace no mucho tiempo creía que era algo sólo exclusivo de mi mente retorcida, que algo tarado en mí hacía que mis sufrimientos fueran desproporcionados siempre; creía que la gente corriente no pasaba por estos trances. Sin embargo, todos sufrimos por tantos aconteceres irremediables: por el propio sesgo hacia lo negativo de la mente humana, porque la enfermedad nos visita pronto o tarde, o las relaciones humanas conllevan tanta dificultad, o la muerte llama a la puerta… Confieso que en mi adolescencia, que fue difícil sobremanera, soñaba con hacerme mayor y alcanzar la supuesta estabilidad que intuía erradamente me sobrevendría con la madurez. A decir verdad , si es que esto ha sucedido, ha sido muy levemente, tan levemente que a mis 58 años camino a tientas tantas veces, que creo que sigo adoleciendo como a mis 15, de casi todo aquello que esperaba me llegaría por sólo el hecho de crecer. La depresión, mi acompañante, me deja cuando se asoma a mi puerta en un estado de indefensión y de angustia tal, que me parece que soy una niña pequeña de nuevo, sin recursos, que no puede salvarse a sí misma.

Estos últimos días percibo sin embargo que ha cambiado algo esencial en mi experiencia: me encuentro temerosa, preocupada, triste a ratos, no me siento en paz, mi cuerpo lo refleja y se resiente, pero, frente a todos los pronósticos, puedo sostenerme sola. Lo repito con suavidad y detenimiento: hoy puedo sostenerme sola. Se ponen en marcha mecanismos en mí que antes no encontraba. El sostén llega de mí misma, no lo reclamo fuera, no lo mendigo, no lo exijo a los que quiero por puro derecho de amor. Voy comprendiendo, no siempre sin quebrantos, que cada cual da lo que puede, y no hay otra, incluso quien más me quiere; observo la distancia leve de quien teme «mi enganche» a pesar de que no voy a colgarme; ni siquiera la terapia está disponible porque es una transacción que guarda vacaciones… La experiencia de que el amor salva, de que lo que realmente cura es el amor, han sido cruciales en mi vida y aún a pesar de que son una verdad irrefutable, sé que sólo me tengo a mí misma y que si no me abandono, nunca jamás estaré sola.

Cuando sobrevienen momentos difíciles me tambaleo en ese equilibrio inestable en el que suceden de común mis días y temo perder el control y me asusto ante la idea de caer, que incluye el riesgo de enfermar. Pero me hago fuerte, me cuido, atiendo con mimo mis necesidades internas y me doy lo que nadie ahora puede darme.

Esta soy yo, me reconozco. Aquí estoy presente para mí misma. Puedo sostener mi dolor con un abrazo amoroso.

A SALVO

Me ha despertado la mañana temprana como si esta misma noche un ángel me hubiera seducido de amor. No es extraña para mí esta experiencia de mariposas en el estómago cuando nada real ha sucedido. Un sueño, una memoria o un griterío de pájaros pueden despertar fácilmente en mí un estado de paz y alegría sin causa. Los contornos de mi pequeño cuerpo se deshilachan, el corazón no me cabe en el pecho y una melodía irradia el universo que a mis oídos le parece perfecta. Difícil, muy difícil ponerlo en palabras; un intenso pudor me estremece si quiero describir lo indescriptible.

Me pregunto qué recóndito misterio se me mueve en el alma. Vuelvo a vibrar con el halo de una experiencia íntimamente reconocida. Desde niña hasta hoy, pasado y presente se enredan en uno, la distancia entre los años se diluye, porque esta vivencia es eterna. Antes que yo llegara ya estaba presente y perdurable será a mi partida. Siempre me ha acompañado, siempre la recuerdo conmigo y recuerdo no saber nunca qué era. Dios me ha enamorado, decía de adolescente en secreto.

Mi vida ha pasado. Encontradiza a cada instante, me es fácil vivir esta milagrosa experiencia, me es fácil sentirla, pero no sé nombrarla, ni siquiera para mis adentros. Quien la experimenta suele etiquetarla desde su propia tradición y paradigma y le asigna términos que en mí no siempre resuenan. Yo he ensayado multitud de calificativos: es blancura radiante, es brisa suave, es hoguera apasionada o pasto espléndidamente regalado, quizá un silencio sonoro… y con ninguno atino al blanco de lo que siento. De ella me han hablado todas las criaturas de la tierra y con ella he tocado a todos los seres sintientes que en ella habitan. Ha crecido con la práctica meditativa, atravesando desiertos y oasis sin fin; me ha sostenido en la depresión y me ha dado alas para crecer en salud. Quizá, en el fondo, no sea importante definirla y sí ayude a otros compartirla.

Hoy el cielo es una inmensa laguna de azul transparente. En su orilla me descalzo, en sus aguas me remojo. El tibio sol me protege. Me adentro en las profundidades de un fondo inmaculado.  Podría bucear durante siglos, dejándome llevar por una paz exquisita. Mi espíritu en calma porque estoy a salvo y nada temo.

MIS LUCES, MIS SOMBRAS

Atardece. La tierra recibe agradecida desde la madrugada la lluvia suave y constante que cae de un cielo espeso. Son las 5,30 p.m. y apenas falta una hora para que llegue la noche. Confieso que deseo inútilmente que mañana escampe, que deseo con apremio que alargue ya la jornada, porque la presencia del sol y de la luz recargan mi energía. Inútil el deseo, la naturaleza me enseña paciencia con su ritmo completo, necesario, armonioso y lento.

En ocasiones también es así en mi vida. También ansío la luz y desestimo la noche. Hoy escribo para declarar mi abrazo a este entramado que soy de luces y sombras.

Durante años viví ocultándome, escondiéndome, disimulándome; encubriendo mi trastienda, ahogada, negando a la mirada de los otros mis fragilidades por miedo a no ser querida, por temor a ser rechazada. Aparté a la sombra todo aquello que no quería que quienes me amaban supieran de mí. Todas mis carencias, mis sufrimientos exagerados, mis propias maneras de sentir el amor y los afectos, mi aguda sensibilidad, se tornaban en miedo y en negrura. Que no se me note, que no se den cuenta, que no me descubran, que nadie sepa…

He invertido y gastado demasiada energía en disimular y ahogar mis fantasmas internos. Entonces me parecía que sólo eran míos… ¿Quién no tiene para esconder vergüenzas, “muertos en el armario”, pulsiones que ni siquiera a sí mismo se nombra?

Sostener una imagen perfecta pierde el sentido cuando se ha tocado fondo y los demás lo han contemplado. No me vanaglorio de mi lado oscuro, pero no lo niego. No puedo ni quiero eliminarlo, sólo enfocarlo con amor compasivo. Me acepto y me abrazo. No me resulta fácil, ese es mi trabajo de por vida, esa es mi tarea: ensanchar mis brazos para caber entera, luz y sombra, unificarme e integrarme. Y hoy me siento un poco más honesta, más auténtica y armoniosa, más completa.